La armonización de una melodía no sólo debe realizarse atendiendo a cada una de sus notas de forma independiente, sino que también ha de valorarse el conjunto. Por ello conviene fijarse en:

  1. El punto hacia el que se dirige cada nota de la melodía.
  2. El grado de variedad de la estructura armónica completa.

El fragmento comprendido por las primeras 5 notas de nuestra tiple admite una armonización I-V-I-V-I. La línea del bajo que deriva de ella resulta monótona y poco melódica (Do-Sol-Do-Sol-Do). La utilización de inversiones podría proporcionarle al bajo una línea más satisfactoria.

Una de las condiciones fijadas inicialmente era que sólo se iba a emplear el estado fundamental. No tenemos más remedio que incluir en esta estructura inicial algún acorde nuevo. Podemos substituir el I por el VI en el segundo compás como se ve en el gráfico de abajo. La resolución melódica de Re en Mi prohibe esta substitución, ya que se formarían quintas seguidas con el bajo. Sin embargo, podemos armonizar el tercer tiempo del primer compás con un VI sin infringir ninguna norma.

Armonizamos el resto de la melodía jugando con otros grados, como el IV. El III suele resolver al VI o al IV, como sucede en el tercer compás.

 Por último, completamos el resto de partes evitando cometer faltas.

El proceso debería ir acompañado de su interpretación y su valoración auditiva.

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